Cesare Greppi
Versioni da Calderón de la Barca, Ronsard, Góngora
Da Calderón de la Barca, Eco y Narciso,
atto III, vv. 377-473.
  Da Calderón de la Barca, Eco y Narciso, vv. 2494-2590,
par Charles V. Aubrun, Centre de Recherches
de l’Institut d’Études Hispaniques, Paris 1963.
  Da Pierre de Ronsard, Amori,
Mondadori, Milano 1990.
      Da Luis de Góngora, Sonetti,
Mondadori, Milano 1985.
      Da Luis de Góngora, Solitudini,
Guanda, Milano 1984 (I, vv. 573-629).
 
NARCISO



Yo a la margen lisonjera
deste arroyo esperaré.
¿Atrevereme a beber
los cristales de su fuente,
sin recelar ni temer,
que segunda vez intente
mis sentidos suspender
quizá la Ninfa que está
en ella? Pero no hará,
que ofensa no puede ser
llegar yo en ella a beber,
si ella brindándome está.
¡O qué ignorante nací!
¡O qué necio me crié!,
Pues nunca de alguno oí
si ofensa o lisonja fue
de las ninfas el que así
se atrevan a su cristal.
Mas, si es deidad lisonjera,
para remediar mi mal,
forzoso es ser liberal.
¡O tú, que eres la primera
ninfa del agua a quien yo
sediento a pedir llegué
alivio y consuelo, no
te ofendas ahora de que
a ti me atreva! ¿Quién vio
jamás igual hermosura
de la que aquí a mirar llego?
Pues su ninfa (¡qué ventura!)
flechando está vivo fuego
dentro de la nieve pura.
No sin espanto y recelo
a ver llegan mis temores
en otro mundo de hielo
otros árboles y flores,
otros montes y otro cielo.
ASÓMASE A LA FUENTE



Como mis voces oyó,
a responderme salió.
Bellísimo asombro, a quien
la vida y el alma es bien
que ya sacrifique yo,
dime si podré ¡ay de mí!
en el cristal que tú estás
guardando, templar aquí
mi sed. Ya dice que sí,
aunque por señas no más.
Bien que las entienden, fío,
mi discurso y mi albedrío;
duda en ellas no se halla,
pues, aunque al hablarla calla,
se ríe cuando me río.
No vi hermosura jamás
tan divina. Beberé,
pues tú licencia me das.
Cuanto al cristal me acerqué,
tanto ella se acercó más.
Vestida (¡qué admiración!)
como yo está su belleza.
Dos árboles con razón
se visten de una corteza
si tienen un corazón.
Beberé pues. Pero, enojos,
¿porque en sus claros despojos
hallo contrarios agravios?
¿Cómo lo que es en los labios
hielo es incendio en los ojos?
¿Cómo, cuando al agua llego,
en mí tal fuego se fragua?
¿Cómo, (estoy mudo, estoy ciego)
si al fuego le mata el agua,
aquí el agua enciende al fuego?
Desde el punto que te vi,
o beldad, morirme siento.
Sólo viene bien aquí
aqueste encarecimiento
de quiérote como a mí,
puesto que a mí no me quiero
más que a ti, pues por ti muero.
¿Porqué no hablas ni respondes?
Pero de la voz que escondes
segunda ventura infiero,
porque, si mi suerte dura
en voz y hermosura atroz
fin a mi vida procura,
el no tener tú una voz
es tener otra hermosura.
¿Quieres darme aquessa mano?
¡Vive amor, que la acercó!
Hoy altos favores gano.
Mas ¡ay de mí! que es en vano
que tal bien consiga yo,
porque, al ir (¡hay pena igual!)
a asirla, de amores loco,
su luz turbó celestial;
y yo solo el cristal toco
y no el alma del cristal.

    Quédase divertido en la fuente.
LES AMOURS
SONNETS POUR HÉLÈNE, II, 22


Ces longues nuicts d’hyver, où la Lune ocieuse
Tourne si lentement son char tout à l’entour,
Où le Coq si tardif nous annonce le jour,
Où la nuict semble un an à l’ame soucieuse.

Je fusse mort d’ennuy sans ta forme douteuse,
Qui vient par une feinte alleger mon amour,
Et faisant, toute nue, entre mes bras sejour,
Me pipe doucement d’une joye menteuse.

Vraye tu es farouche, et fiere en cruauté
De toy fausse on jouyst en toute privauté.
Pres ton mort je m’endors, pres de luy je repose:

Rien ne m’est refusé. Le bon sommeil ainsi
Abuse par le faux mon amoureux souci.
S’abuser en amour n’est pas mauvaise chose.
LES AMOURS
LES AMOURS DIVERSES, 36


Quand l’Esté dans ton lict tu te couches malade,
Couverte d’un linseul de roses tout semé,
Amour d’arc et de trousse et de fleches armé,
Caché sous ton chevet, se tient en embuscade.

Personne ne te voit, qui d’une couleur fade
Ne retourne au logis ou malade ou pâmé:
Qu’il ne sente d’amour tout son cœur entamé,
Ou ne soit esblouy des rais de ton oeillade.

C’est un plaisir de voir tes cheveux arrangez
Sous un scofion peint d’une soye diverse:
Voir deçà, voir delà tes membres allongez,

Et ta main, qui le lict nonchalante traverse,
Et ta voix qui me charme, et ma raison renverse
Si fort, que tous mes sens en deviennent changez.
SONETO



Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello.
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
DE UN CAMINANTE ENFERMO
QUE SE ENAMORÓ
DONDE FUE HOSPEDADO

Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.

Repetido latir, si no vecino,
distinto, oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto,
piedad halló, si no halló camino.

Salió el Sol, y entre armiños escondida,
soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.

Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
SOLEDAD PRIMERA



Centro apacible un círculo espacioso
a más caminos que una estrella rayos,
hacía, bien de pobos, bien de alisos,
donde la Primavera,
– calzada abriles y vestida mayos –
centellas saca de cristal undoso
a un pedernal orlado de Narcisos.
Este pues centro era
meta umbrosa al vaquero convecino,
y delicioso término al distante,
donde, aun cansado más que el caminante
concurría el camino.

Al concento se abaten cristalino
sedientas las serranas,
cual simples codornices al reclamo
que les miente la voz, y verde cela,
entre la no espigada mies, la tela.
Músicas hojas viste el menor ramo
del álamo que peina verdes canas;
no céfiros en él, no ruiseñores
lisonjear pudieron breve rato
al montañés, que – ingrato
al fresco, a la armonía y a las flores –
del sitio pisa ameno
la fresca hierba, cual la arena ardiente
de la Libia, y a cuantas da la fuente
sierpes de aljófar, aun mayor veneno
que a las del Ponto, tímido atribuye,
según el pie, según los labios huye.

Pasaron todos, pues, y regulados
cual en los Equinoccios surcar vemos
los piélagos del aire libre algunas
volantes no galeras,
sino grullas veleras,
tal vez creciendo, tal menguando lunas
sus distantes extremos,
caracteres tal vez formando alados
en el papel diáfano del cielo
las plumas de su vuelo.

Ellas en tanto en bóvedas de sombras,
pintadas siempre al fresco,
cubren las que Sidón telar Turquesco
no ha sabido imitar, verdes alfombras.

Apenas reclinaron la cabeza,
cuando, en número iguales y en belleza,
los márgenes matiza de las fuentes
segunda Primavera de villanas,
que – parientas del novio aun más cercanas
que vecinos sus pueblos – de presentes
prevenidas, concurren a las bodas.

Mezcladas hacen todas
teatro dulce – no de escena muda –
el apacible sitio: espacio breve
en que, a pesar del Sol, cuajada nieve,
y nieve de colores mil vestida,
la sombra vio florida
en la hierba menuda.
                         
NARCISO



Sull’incantevole riva
del ruscello aspetterò.
E oserò bere i cristalli
della fonte o temerò
che un’altra volta voglia
tutti i miei sensi sospendere
la Ninfa che dentro sta?
Però, forse non vorrà:
un’offesa non può essere
ch’io mi spinga a bere in lei,
s’ella così mi si offre.
Oh, ignorante son nato,
e come sciocco son cresciuto!
Da nessuno mai ho udito
se lusinga o offesa sia
d’una ninfa l’azzardarsi
com’io faccio ai suoi cristalli.
Ma se è dea, di lusinghe,
per rimedio del mio male,
vorrò esser liberale.
O tu che sei la prima
ninfa cui assetato
giungo ristoro a chiedere,
e conforto, non ti offendere
se ardisco a te... Chi mai
vide bellezza eguale
alla beltà ch’io vedo?
La sua ninfa, oh ventura,
sta frecciando fuoco vivo
dalla sua neve pura.
Non senza sospetto e paura
stupefatto giungo a scorgere
in altro mondo di gelo
altri alberi e fiori,
altri monti ed altro cielo.
  SI SPORGE SULLA FONTE



All’udire la mia voce,
a rispondermi è uscita.
Bella meraviglia, a cui
l’anima e la vita è giusto
che subito sacrifichi,
dimmi se potrò, ahi,
nel cristallo che tu stai
vegliando, qui calmare
la mia sete. Dice: sì,
benché soltanto con segni.
Bene li intendono, credo,
e ragione e volontà.
Non v’è incertezza alcuna:
pur se, parlandole, tace,
ride quando io rido.
Non vidi bellezza mai
cosa divina. Berrò,
poiché licenza mi dai.
Quando al cristallo mi accosto,
tanto ella più si avvicina,
vestita (mirabile cosa)
come me la sua bellezza.
Ma a buon diritto due piante
si vestono d’una corteccia,
se hanno un sol cuore.
Dunque berrò. Ma perché
nei suoi chiari elementi
trovo contrari effetti?
Ciò che alle labbra è gelo
è per gli occhi un incendio?
Perché se l’acqua tocco
in me fuoco si prende?
Perché – son muto e cieco –
se l’acqua spegne il fuoco,
qui l’acqua il fuoco accende?
Dal quel punto che ti vidi,
o beltà, morir mi sento.
Solo a proposito qui
cade quell’imbonimento
«come me stesso ti amo»,
visto che non amo me
più di te, se per te muoio.
Perché non parli, non rispondi?
Ma dalla voce che nascondi
altra ventura deduco:
se la mia sorte dura,
con voce e beltà, atroce
fine a mia vita procura,
il non avere tu voce
vale una doppia beltà.
Vuoi tu darmi quella mano?
Viva, la mano ella sporge!
Alti favori oggi raccolgo.
Ma, ahimé, che un tale
bene raggiungo invano.
Al chinarmi (v’è pena eguale?)
per prenderla, folle d’amore,
la celestiale luce è spenta:
io solo tocco il cristallo,
del cristallo non tocco l’anima.

    Rimane assorto sulla fonte
 



In queste lunghe notti     d’inverno che la Luna
così lento rivolge     il carro tutto intorno,
e il gallo così tardo     per noi annuncia il giorno,
quando la notte un anno     sembra al confuso cuore,

d’angoscia morirei,     se la tua dubbia forma
non venisse fingendo     a calmare il mio amore:
quando fra le mie braccia     tutta nuda soggiorni,
dolcemente m’inganna     una gioia bugiarda.

Vera, tu sei indomabile,     aspra di crudeltà,
di te falsa gioisco     in tutta intimità,
accanto al tuo fantasma     chiudo gli occhi e riposo:

non mi rifiuti nulla.     È il buon sonno che sa
con una frode illudere     la mia ansia amorosa.
Illudersi in amore     non è cattiva cosa.
 



Quando d’estate a letto     ti corichi malata,
coperta d’un lenzuolo     tutto di rose adorno,
Amore, di faretra,     di frecce e d’arco armato,
nascosto al capezzale,     prepara l’imboscata.

Nessuno guarda senza     che di colore smorto
non se ne torni a casa     in deliquio o malato,
che non ‘ si senta il cuore     da Amore intaccato,
non resti abbagliato     ai raggi del tuo sguardo.

Quale gioia vederti     i capelli acconciati
sotto dipinta cuffia,     seta multicolore,
vedere le tue membra     di qua di là allungate,

e la mano che il letto     attraversa indolente,
e la voce che incanta     e travolge la mente,
così che tutti i sensi     sono trasfigurati!
 



Finché nel gareggiar coi tuoi capelli
oro brunito splende al sole invano,
finché con sprezzo guarda in mezzo al piano
la tua candida fronte i gigli belli

e inseguono, per coglierlo, il tuo labbro
più occhi che il garofano precoce,
finché vince sul lucido cristallo
superbamente il gentile tuo collo,

godi collo, capelli, labbra e fronte,
prima che quel che nell’età dorata
fu oro, giglio, garofano, cristallo

non solo argento e viola disfiorata
divenga, ma con esso insieme tu
terra, polvere, fumo, ombra, nulla.
  DI UN VIANDANTE INFERMO
CHE SI INNAMORÒ
DOVE FU OSPITATO

Infermo, disviato pellegrino,
in tenebrosa notte, il piede incerto,
calcando confusione di deserto,
diè voci invano, passi alla ventura.

Ripetuto latrare, non vicino
ma chiaro, udì di cane sempre desto,
e in pastorale albergo mal coperto
trovò pietà, se non trovò il cammino.

Uscì il sole, e nascosta in ermellino
assonnata beltà con dolce furia
assalì il non ben sano passeggero.

Pagherà l’accoglienza con la vita.
Meglio, oh, sarebbe per montagne errare,
che morire del modo che io muoio!
  SOLITUDINE PRIMA



Placido centro un circolo spazioso
faceva, sia di pioppi che di ontani,
a più sentieri che una stella ha raggi,
dove la Primavera,
calzata aprili e vestita di maggi,
trae scintille dì cristallo ondoso
da una selce listata di narcisi.

Questo centro era dunque
meta ombrosa al vaccaro dei dintorni
e sosta deliziosa al forestiero,
dove più del viandante affaticato
accorreva il sentiero.

Piombano sul concerto cristallino
le ragazze assetate,
come ingenue coturnici al richiamo
che ne imita la voce e verde cela
sotto la non spigata messe rete.
Musiche foglie veste il minor ramo
del pioppo che ravvia chiome bianche;
non gli zefiri lì, non gli usignoli
poterono incantare un solo istante
il montanaro: ingrato
alla frescura, all’armonia, ai fiori,
del luogo ameno pesta
la fresca erba come ardente rena
di Libia, e a quante manda la sorgente
serpi di perle anche maggior veleno
timido presta che a serpi di Ponto:
le labbra fuggono e fuggono i piedi.

Tutti passarono, ordinati come
negli equinozi vediamo solcare
gli aperti pelaghi dell’aria alcune
non galere volanti
ma veleggianti gru:
ora crescenti ora calanti lune
le punte loro estreme,
ed ora formano lettere alate
lungo la carta diafana del cielo
le piume loro in volo.

Quelle frattanto sotto volte d’ombra,
pitture sempre a fresco,
coprono verdi tappeti che mai
seppe imitare telaio turchesco.

Non ancora hanno il capo reclinato,
che di numero eguali e di bellezza
i margini colora alle fontane
un’altra primavera di villane,
più prossime parenti dello sposo
che non vicini sono i borghi. Doni
le annunciarono, accorrono alle nozze.

Confuse fanno tutte
dolce teatro, e non di scena muta,
del calmo sito, circoscritto spazio
dove, malgrado il Sole, ferma neve,
neve di mille colori vestita
scorge l’ombra fiorita
sopra l’erba minuta.
 
             
HOME AUTHORS